Resulta insólito pensar cómo una región de apenas 500.000 habitantes ha logrado en menos de diez años dos de los premios más relevantes a nivel internacional en el ámbito de la arquitectura, como es el premio Pritzker.
Tal vez la estratégica situación geográfica del país, flanqueado por cunas culturales de algunos de los movimientos de mayor trascendencia mundial como son el renacimiento, el gótico o el barroco estén dando ahora fruto a una serie de arquitectos destacados como el par Herzog y De Meuron, Peter Zumthor, Gigon y Guyer o Peter Märkli entre otros…
Este último no tan conocido, algo más recatado cuenta con un número de selectas obras entre las que cabe destacar el Museo de la Congiunta (1992) diseñado para el escultor y amigo Hans Josephsohn.
Situado en el cantón del Ticino, el museo se erige como una pesada mole racional de hormigón en contraposición al sinuoso escenario en el que se emplaza. Flanqueado por uno de los parajes naturales con más atractivo a nivel internacional la pieza encerrada en sí misma hace uso del único elemento del entorno imprescindible para el museo; la luz.
Por otro lado la directa relación entre funcionalidad y diseño estructural nos remiten a los dictámenes de Le Duc, no hay más estructura que la precisa para sostener el edificio y permitir la luminosidad.
La perfecta disposición de los muros de hormigón junto con la horizontalidad de los encofrados evoca la impecable sillería de los templos griegos, haciendo un notable giño a las primeras basílicas cristianas…
El punto elegante reside en el minimalismo de la volumetría; una plancha de acero prácticamente inmaterial aparentemente retenida por una pesada viga de acero que simplemente descansa sobre unos pesados muros fuertemente anclados al terreno.
Un cautivador juego de pesado-ligero que Märkli hace de los materiales definiéndolos con unas características expresivas diametralmente opuestas a sus propiedades intrínsecas, plantea la controversia e invita a la reflexión de la cubierta ligera en acero y el muro pesado de hormigón...
Toda esta dialéctica material se convierte en poesía mediante la combinación de los distintos elementos físicos y la relación que establecen entre ambos.
Pensando rápidamente en el quiosco de flores (1969) diseñado por Lewerentz se pueden considerar multitud de similitudes. Sin embargo cualquier analogía es fácilmente refutable considerando el innato esoterismo del museo en comparación con los grandes huecos verticales del quiosco.
La luz, el principal intérprete de la obra de Märkli es más bien cenital mientras que los huecos del volumen sueco se dan en fachada lo que se traduce en una percepción sensorial lumínica.
La horizontalidad que se le confiere al museo en cuanto de la volumetría, las huellas de encofrado, la disposición de la cubierta es otro punto fuerte de discrepancia, con unas proporciones distintas que recuerdan en el primer caso una geometría perfecta mientras que en el segundo miran a una de lados iguales dos a dos…
No obstante convergen enérgicamente en punto. El gusto exquisito por el refinamiento de un material tan burdo como el hormigón y su máxima exaltación combinado con materiales metálicos, logran en ambas obras lo que Zumthor define como “la poesía a través del material”.



